Domingo - Ya no sé qué hacer conmigo


Ya aprendí a falsear mi sonrisa, ya caminé por la cornisa
Ya cambié de lugar mi cama, ya hice comedia, ya hice drama
Fui concreto y me fui por las ramas, ya me hice el bueno y tuve mala fama
Ya fui ético y fui errático, ya fui escéptico y fui fanático
Ya fui abúlico y fui metódico, ya fui púdico fui caótico


Es una tarde de domingo, estoy despeinada, hace calor; el tipo de calor que nos recuerda que pronto va a llover. Tengo sed, mucha sed. Lola, una Boston Terrier de 4 años y por el momento la única heredera de mis libros, unos cuantos souvenirs del mundo y mis fotografías impresas; me mira de una forma instigadora, como diciendo ¿qué estás haciendo con tu vida? Últimamente parece que todo el mundo me juzga, la última vez que fui a un café podía jurar que el cajero, la señora de la mesa de enfrente y el niño que entró con sus padres al observarme, me hacían la misma pregunta. Me levanté de la cama y fui directo a la refrigeradora, tomé dos vasos de agua, casi sin respirar entre uno y otro.  Ya no sé que hacer conmigo, pensé. El Cuarteto de Nos se sentiría orgulloso de mi adaptación de sus líricas entre ya hice mandalas, ya hice silencio, ya me emborraché, ya subí un volcán, viaje 15,800 kilómetros,  besé otras bocas,  ya medité, pero sobre todo ya me cansé y definitivamente no sé que hacer conmigo. El calor se hizo más intenso ¿será que si va a llover? Caminé por el pequeño apartamento con tu t-shirt vieja, la que tiene el búho. Dicen que no hay mal que dure cien años, ni enfermo que los aguante, podría jurar que este tipo de mal excluye totalmente tener el corazón roto. No hay un espacio del apartamento de 39 metros cuadrados en donde no haya derramado una lágrima, desde mi primer día en este lugar, bauticé el apartamento a gritos y lamentos, Shakespeare estaría orgulloso de mi drama. 

Tengo días de no usar sostén, el mismo calzón negro de ayer, tu t-shirt que por cierto ya no conserva tu olor, de hecho huele horrible.  El calor me hizo sentir soñolienta, me recosté nuevamente en la cama y me recordé de la primera persona con la que intenté borrar tu recuerdo. Lo conocía de muchos años atrás, siempre he sido una fiel admiradora de su trabajo, sus ojos verdes tienen una chispa pícara a la cual es difícil resistirse.  Tomamos unos vinos, entre risas e historias me robó un beso y luego otro.  Puedo casi jurar que me enamoré. Pensaba que iba a olvidarte si me perdía en los ojos de alguien más, si era capaz de construir un mundo donde tus labios ya no fueran mis almohadas diarias. Está brisando, el domingo empieza a refrescar. 

Con el afán de borrar mis sentimientos hacia ti, lo llevé al bar donde tú y yo nos besamos por primera vez. Debería ser honesta, no fue solo un beso. Nos sentamos en el balcón y le conté que este era uno de mis lugares favoritos; no le dije por qué. En la tercera copa de vino sus ojos verdes eran negros iguales a los tuyos, estaba otra vez contigo.  Durante el poco tiempo que nos frecuentamos descubrí que lo quería convertir en ti y definitivamente esto era imposible. Cuando se terminó, tenía dos corazones rotos; el que tú me rompiste y el que yo me quebré intentando hacer que alguien fuese quien no es.

Tu t-shirt se convirtió en mi posesión más preciada, mi bandera. Mientras recordaba me la quité, siento que te engaño si la tengo puesta mientras hablo de alguien más. Aún recuerdo que estabas de viaje y una de las primeras fotos que me enviaste diciendo que me extrañabas, mostraba esta t-shirt, cuando aún usabas lentes. Los domingos me gustan, porque hay silencio.  

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