Soñar despierto es un cliché. Pareciera que habito mi ciudad favorita.

Esto lo escribí el 16 de junio del 2020, viviendo en el edificio H18. Habían transcurrido 3 meses desde que cerraron el país a causa de la pandemia. Hoy me dieron ganas de compartirlo.

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Son las 10:15 de la mañana desde hace muchos días parece que tengo resaca. Me detengo a pensar en “la vida de antes”, -¿será que la extraño? Paso todo el día en el apartamento de 39 metros cuadrados. Cada vez más he creado mi propio país aquí dentro. La música inunda el pequeño espacio y Lola corretea de vez en cuando. Pareciera que el tiempo se detuvo, pero la vida continua. Abro el refrigerador varias veces al día. Reviso las redes sociales. Intercambio mensajes con algunas personas conocidas. El Betta que está en la pecera frente a mí se contonea como burlándose, claro, ahora lo entiendo; los dos estamos atrapados. 

Cuando niña tuve una litera, en el primer nivel era mi casa: una pequeña cocineta, algunas muñecas, dos sillitas y una caja registradora. El segundo nivel era mi habitación, tenía un oso negro que me regaló mi hermano Rodolfo, el oso hacía el papel de mi mascota. Últimamente he sentido que vivo en la misma litera, igual que cuando tenía 6 años. Ahora en vez de un oso de peluche tengo una perrita, con la misma combinación de colores. Jugando en la litera sentía que no me hacía falta nada, que vivía en un palacio. En este apartamento a pesar de su reducido espacio, me siento igual. De niña también sentía un vacío y no entendía por qué. Tengo 36 años y me siento igual.

Recuerdo que me tumbaba en la cama y me disponía a soñar. Siempre soñaba en viajar, en tener una casa grande con jardín. Pensaba que me podía acercar la caja esa donde metes una tarjeta y sacas el dinero en cualquier momento. Veía una mesa llena de frutas y vegetales frescos. Pensaba que siempre iba a tener a alguien que me diera un abrazo.

Mientras más pasan los días me cuesta dormir, al inicio podía soñar despierta hasta que me pareció patético seguir soñando con lo mismo de hace 30 años. 

Soñar despierto es un cliché.

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Son las 10:15 de la mañana desde hace muchos días parece que tengo resaca. Paso todo el día en el apartamento de 39 metros cuadrados. Cada vez más he creado mi propio país aquí dentro. La música inunda el pequeño espacio y Lola corretea de vez en cuando. Pareciera que el tiempo se detuvo, pero la vida continua. Abro el refrigerador varias veces al día. Reviso las redes sociales. Intercambio mensajes con algunas personas conocidas. El Betta que está en la pecera frente a mí se contonea como burlándose, claro, ahora lo entiendo; los dos estamos atrapados. 

Caminé las calles de Madrid, tomé el sol en las playas de Río de Janeiro, comí un asado y tomé vino de más en Argentina. Una vez me perdí en París. ¡Qué pequeño se siente el mundo hoy! 

Mi refrigerador tiene una postal en la que se lee: “Aquí no hay playa” sin embargo por la tarde cuando cae el sol, el pequeño balcón se convierte en mi playa favorita, como aquel atardecer en Monterey, California. La pequeña librera contiene algunos de mis autores favoritos: Haruki Murakami, Milán Kundera, Charles Bukowski y Francisco Alejandro Méndez entre otros; parece que no tiene nada que envidiarle a El Ateneo en Buenos Aires. La cama con el edredón blanco evoca el recuerdo de aquella habitación de hotel cinco estrellas en Costa Rica. Desde que no se encienden las luces del estadio de enfrente se pueden apreciar las estrellas casi como cuando estás en el Lago de Atitlán. Hace unos días prendí el televisor y asistí al concierto de Paolo Nutini, la sensación de euforia fue la misma que estando en el Plaza Condesa de México.

Pareciera que habito mi ciudad favorita


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